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26/6/10

A serea Venadita / La sirena Venadita

Al Faris Ibn Iaquim al-Galizí (1611-1681) 


—¡As Molucas son famosas! Y Diego Ribero - Islas Molucas Esp hay moito señorío chinés no comercio y as nativas sempre están saíndo do baño e pedíndolle ós arábigos que as sequen. 

Sinbad saca mapa e Sari téndeo no chan, e coa conteira do seu bastón di ó piloto por onde caen as Molucas, y agáchase Arfe o Mozo e mesmo donde está a Moluca Maior atopa un cabelo longo e dourado y amósallo a Simbad.

—¿Seica é roxiña de pelo?

Sinbad ponse colorado, pecha os ollos y acena tres ou catro veces coa cabeza. Pousa o bastón, e con ámbalas mans colle o cabelo que lle ofrece Arfe o Mozo, roza a meixela nel, salaia, envolve a freba de ouro nun dedo figurando un anelo, bica alí e conta:

—¡Ai, Venadita, Venadita! ¡Pois como nunca cheguei en todo iste tempo repasando mares a onde cae a Moluca Maior, non puiden decatarme de que ela me deixara esta memoria de seda! Unha serea do mar chamada Venadita, meu amigo. Sentábase ó meu carón e quería que lle ensiñese por mapa por donde me vería vir. ¡Mira que si llega a vir darme serenata dende o Iadid! Pequeniña, non había outra, e toda vestidiña do seu cabelo dourado, e sentábase na area da praia —eso sí, mantendo algo de rabo no mar; as sereas poden estar en terra firme a condición de manter un chisco da súa parte de peixe tocando auga…—, sentábase, digo, e todo era proubar a miña roupa, a miña pamela, a miña capa de damasco, a miña chilaba de liño albar, o meu camisolo de verán… Todo lle andaba sobrado, craro é, que foi o encontro por cando eu andaba nas duascentas libras nosas, que me pesei pra ver canto poidera coas patas súas a Ave Roc. Pro a neniña gozaba con isto e non sabía ser engañadora, e cando se poñía a cantar, coa cabeciña apousada nos meus xoenllos y aloumiñándome os pés e varrendo deles as areas co seu soave pelo, de repente paraba e decíame:

—¡Ai, Sinbad, non creas nada, hom! Diego Ribero - Islas Molucas Port

—Y a preciosa estábame falando dunha illa que hai embaixo das augas donde o que chega, e por mentras esteña alí, ten que escoller unha figura de paxaro ou de ave maior, y eu podería andar de pavo real, y en todo é un o paxaro ou ave que escolle, e dáselle compañeira na familia y a cociña según o pedido natural, e cando te canses e volvas á tona do mar, podes traer unha saqueta de pedras preciosas… A miña serea Venadita ás vegadas botábase a chorar, que decía que non sabía inventar nada máis que iso e que xa tiñan dito as outras que como non sacase outra gracia de países ou de canto que non gañaría pra un peite de ouro. ¿El que é unha serea sin peite de ouro? E foi habendo entre nós máis intimidá, e muito agarimo, y entre as penas da Moluca Maior estabamos agachadiños á tardiña e pasámonos a bicos y outras gracias, y ela sempre probando a roupa miña e cada día tiña que levar eu prendas novas do millor, y hastra quiso probar as miñas bragas, que cabían tres coma ela en cada perneira, e meteunas na cachola pola petrina, que entón levábanse bragas de mexa pronta, que non sei por que pasou esa moda…

—¡Era unha grande comodidá! —dice Mansur— Eu inda gasto algunha.

—Pois iba decindo que probou as bragas, e coma polo calor das Molucas, eu andaba en cos e a camiseta era un medio xubón con vainica, quedei coa barriga ó aér, e foi cando Venadita se decatou de que eu tiña embrigo. ¡Moito se riu! ¡Tódolos días tiña que deixarlle miralo, e metía nil un dediño, y hastra unha vez se porpasou a darme un bico alí, e cando nos despedimos, que veu diante da miña nao, asubiando pra ensiñarme unha corrente que vai tres coartas por debaixo da frol, y eu metera nos camarotes a toda a tripulación porque nona visen á señora Venadita, berrábame dende o mar que moito iba a botar en falta os xogos có meu embriguiño…

—Regaleille un peite de ouro, e xa sabes como son as mulleres: Porque visen as outras que xa sabía gañarse a vida, quixo quedarse unha tempada naquelas praias. ¡Que non sei qué chiste lle terá a doña Venadita afogar molucos!

Desenvolveu Sinbad o cabelo dourado e pousouno onde aparecera, na Moluca Maior.

—¡Aínda que non houbera cravo nas Molucas, Arfe amigo! ¡Tódolos corazóns teñen a súa gacela!

 

La sirena Venadita

—¡Las Molucas son famosas! Y hay mucho señorío chino en el comercio y las nativas siempre están saliendo del baño y pidiéndole a los árabes que las sequen.

Simbad saca mapa y Sari lo extiende en el suelo, y con la contera de su bastón le dice al piloto por donde caen las Molucas, y se inclina Arfe el Joven y justo donde está la Moluca Mayor encuentra un cabello largo y dorado y se lo enseña a Simbad.

—¿Acaso es rubita de pelo?

Simbad se pone colorado, cierra los ojos y asiente tres o cuatro veces con la cabeza. Deja el bastón, y con ambas manos coge el cabello que le ofrece Arfe el Joven, roza la mejilla con él, suspira, envuelve la hebra de oro en un dedo figurando un anillo, besa allí y cuenta:

—¡Ay, Venadita, Venadita! ¡Pues como nunca llegué en todo este tiempo repasando mares a donde cae la Moluca Mayor, no pude darme cuenta de que ella me había dejado este recuerdo de seda! Una sirena del mar llamada Venadita, amigo mío. Se sentaba a mi lado y quería que le enseñase por mapa por donde vendría a verme. ¡Mira que si llega a venir a darme serenata desde el Yadid! Pequeñita, ninguna como ella, y toda vestidita de su cabello dorado, y se sentaba en la arena de la playa —eso sí, manteniendo algo de cola en el mar; las sirenas pueden estar en tierra firme a condición de mantener una pizca de su parte de pez tocando agua…—, se sentaba, digo, y todo era probar mi ropa, mi pamela, mi capa de damasco, mi chilaba de lino albar, mi camisola de verano... Todo le iba sobrado, claro es, que fue el encuentro por cuando yo andaba en las doscientas libras nuestras, que me pesé para ver cuanto podría con sus patas el Ave Roc. Pero la niña disfrutaba con esto y no sabía ser engañadora, y cuando se ponía a cantar, con la cabecita apoyada en mis rodillas y acariciándome los pies y barriendo de ellos las arenas con su suave pelo, de repente se paraba y me decía:

—¡Ay, Simbad, no creas nada, hombre!

—Y la preciosa estaba hablándome de una isla que hay debajo de las aguas, donde el que llega, y mientras esté allí, tiene que escoger una figura de pájaro o de ave mayor, y yo podría andar de pavo real, y en todo es uno el pájaro o ave que escoge, y se le da compañera en la familia y la cocina según el pedido natural, y cuando te canses y vuelvas a la superficie del mar, puedes traer un saquito de piedras preciosas… Mi sirena Venadita a veces se echaba a llorar, que decía que no sabía inventar nada más que eso y que ya le habían dicho las otras que como no sacara otra gracia de países o de canto que no ganaría para un peine de oro. ¿Y qué es una sirena sin peine de oro? Y fue habiendo entre nosotros más intimidad, y mucho cariño, y entre las peñas de la Moluca Mayor estábamos escondidos al atardecer y nos pasamos a besos y otras gracias, y ella siempre probando la ropa mía y cada día tenía que llevar yo prendas nuevas de lo mejor, y hasta quiso probar mis calzones, que cabían tres como ella en cada pernera, y se los puso en la cabeza por la bragueta, que entonces se llevaban calzones de orina pronta, que no sé por qué pasó esa moda…

—¡Era una gran comodidad! —dice Mansur— Yo todavía uso alguno.

—Pues iba diciendo que probó los calzones, y como por el calor de las Molucas, yo andaba en camisa y la camiseta era un medio jubón con vainica, quedé con la barriga al aire, y fue cuando Venadita se percató de que yo tenía ombligo. ¡Mucho se rio! Todos los días tenía que dejarle mirarlo, y metía en él un dedito, e incluso una vez se propasó a darme un beso allí, y cuando nos despedimos, que vino delante de mi nao, silbando para enseñarme una corriente que va tres cuartas por debajo de la flor, y yo había metido en los camarotes a toda la tripulación por que no la viesen a la señora Venadita, me gritaba desde el mar que mucho iba a echar en falta los juegos con mi ombliguito…

—Le regalé un peine de oro, y ya sabes como son las mujeres: Para que vieran las otras que ya sabía ganarse la vida, quiso quedarse una temporada en aquellas playas. ¡Que no sé qué chiste le haría a doña Venadita ahogar molucos!

Desenrolló Simbad el cabello dorado y lo depositó donde había aparecido, en la Moluca Mayor.

—¡Aunque no hubiera clavo en las Molucas, Arfe amigo! ¡Todos los corazones tienen su gacela!

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Fragmento de Si o vello Sinbad volvese ás illas… de Álvaro Cunqueiro (Editorial Galaxia)

6/12/09

La llaga

Marqués de Santillana (1398-1458)
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En el próspero tiempo las serenas
plañen e lloran recelando el mal;
en el adverso, ledas cantilenas
cantan e atienden el buen temporal.
Mas, ¿qué será de mí, que las mis penas,
cuitas, trabajos e langor mortal
jamás alternan nin son punto ajenas,
sea destino o curso fatal?
Mas enprentadas el ánimo mío
las tiene, como piedra la figura,
fixas, estables, sin algún reposo.
El cuerdo acuerda, mas non el sandío;
la muerte veo e non rae do cura:
¡Tal es la llaga del dardo amoroso!


En el plácido tiempo las sirenas
gimen y lloran presintiendo el mal;
en el adverso, alegres cantilenas
cantan y esperan pase el temporal.
Mas, ¿qué será de mí, que estas mis penas,
daños, pesares, palidez mortal
jamás varían ni son nunca ajenas,
sea el destino o un camino fatal?
Pero grabadas el alma y mi mente
las tienen, como piedra la figura,
fijas, estables, sin ningún reposo.
El cuerdo cambia, mas no el demente;
la muerte veo y no aflige si cura:
¡Tal es la herida del dardo amoroso!

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8Biografía de Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana y Sonetos fechos al itálico modo en revistakatharsis

27/11/09

Linajes sirénidos en el Occidente europeo

Álvaro Cunqueiro
[Traducción del texto leído por el autor en Andar e ver por Galicia, programa de Radio Nacional de España 1979-80
Ver abajo el original en gallego]


En la revista Le Blason Flamant el profesor Jean Van Oestel publica un hermoso trabajo sobre aquellos linajes antiguos de Europa occidental que de alguna manera están relacionados con sirenas. Ya el llorado etnógrafo portugués doctor Fernando de Castro Pires de Lima se ocupó de este asunto; y, en su hermoso libro Adral, que ahora mismo llega a los escaparates de las librerías, el profesor Filgueira Valverde le dedica una nota referente a los linajes gallegos.

Por cierto, que a todo curioso lector gallego le recomiendo la lectura de este libro, en el que hay tanta noticia de los días pasados y tanta novedad galiciana fruto del saber del gran maestro pontevedrés.

Volviendo al tema. Resulta que en Normandía hay tres linajes que se precian de descender de sirenas, otros tres en Bélgica y Holanda, uno en Dinamarca, dos en Escocia y cuatro en Irlanda. No figura en la lista el linaje gallego de los Mariño, apellido que llevaba en segundo lugar mi abuelo paterno, don Carlos Cunqueiro y Mariño de Lobeira.

Mariños, Padín, Goyanes, dicen descender de una sirena. Lo que no sabemos es si de la misma sirena, ni cuál fue el suceso que dio origen a la leyenda; que tuvo necesariamente que haberlo. Supongamos un naufragio a la altura de Sálvora, o de la isla de Ons, y que de él se salva una hermosa dama de dorado cabello, que canta con dulcísima voz, y que se casa con un hidalgo del país, y tiene descendencia. Las gentes la tomarían, a la bella señora, por la sirena del mar. Y de estas bodas vendría el poner, la familia hidalga gallega, en su escudo una sirena sobre tres aguas azules.

Los Padín dicen que la sirena de la que descienden, y tienen cartas ejecutivas aprobadas en la Real Cancillería de Valladolid, tuvo amores nada menos que con don Roldán, marqués de Bretaña, el amigo de Carlomagno muerto en la rota de Roncesvalles. De estos amores quedó encinta la sirena ―su nombre no nos ha llegado―, y cuando le vino la hora de dar a luz, se encontró cerca de una playa gallega, sin duda que en las Rías Bajas y aún más concretamente en la de Arosa. Dio a luz a un hermoso niño al que, por ser hijo de don Roldán, le pusieron en el bautismo Palatinus, de donde, por corrupción, viene Padín. Y de este doncel descienden todos los Padín que en Galicia han sido.

La historia estará siempre incompleta porque nunca sabremos quien recogió y crio a Palatinus, a quien se lo dejó la sirena. Palatinus, al parecer, nació sin rastro alguno en su cuerpo del linaje materno, sin cola como las sirenas, sin escamas, y en ninguno de sus descendientes, que se sepa, hubo salto atrás y salió ninguna nueva sirena.

De Palatinus descienden igualmente, al parecer, los Mariño y los Goyanes. Aunque bien habría podido ser que otros gallegos hubieran tenido amores con las sirenas que los rondaban, que rondaban las playas nuestras en los atardeceres de verano. Porque parece probado que es en el tiempo de verano y a la caída de la tarde cuando más y mejor canta la sirena, y que es difícil oírla matinal, salvo en la mañana de san Juan.

Con mi afición a poner por teatro, por autos y por misterios los sucesos prodigiosos, puedo imaginar que la playa donde dio a luz la sirena fue la de La Lanzada, y el recién nacido, depositado a los pies de Nuestra Señora que allí tiene antigua y famosa capilla. Podemos imaginar que la sirena fuera cristiana y que al dejarle el hijo suyo a la Virgen, se volviera al mar cantando el Ave Maria Stella.

En el estudio de Van Oestel se dice que los descendientes holandeses de una sirena tenían en el lomo derecho una mancha escamosa, y esto durante varias generaciones. De un linaje irlandés con ascendencia sirénida se dice que, al llegar la hora de morir, las mujeres que tenían mala voz y que quizá nunca habían cantado a lo largo de su vida, ahora, al final, se ponían a cantar en extraña lengua doloridas canciones que turbaban y hacían llorar a los que las escuchaban y, en algunos casos, en algún deudo suyo, los llevaban a la locura.

Cómo engendran y cómo daban la luz las sirenas no lo sabemos. Quienes más supieron de sirenas fueron los canónigos de la catedral de Ruan, en Normandía, que intentaban incluso cobrarles impuesto a estas señoras. Y si se moría ahogado un joven en la desembocadura del Sena, les echaban la culpa y las citaban para que remontaran el río y se presentaran en la Puerta Matilde, donde serían juzgadas y condenadas.

Lo que se sabe de las sirenas es que no tienen ombligo y que se les conoce la edad en los dientes, que con los años se les van poniendo azules. Las sirenas pueden vivir hasta trescientos años, y viven en anarquía, en el mar. Y que es cierto que además de ser encantadoras y de conquistar a los hombres con su belleza y con la dulzura extraña de su canto, que escucharlo es como drogarse, es verdad que poseen grandes tesoros escondidos que regalan a los hijos que tienen. Así, el Palatinus de nuestros arenales recibió de su madre, la amante de don Roldán, un gran tesoro y alhajas en abundancia.

En fin, el padre Feijoo no creía en las sirenas, aunque por otra parte creía en los tritones, si bien su voz, decía, no había sido escuchada modernamente.

Yo confieso que moriré un poco frustrado por no haber escuchado nunca cantar a la sirenita del mar.


Linaxes serénidas no Occidente europeo

Na revista Le Blason Flamant o profesor Jean Van Oestel publica un fermoso traballo sobre aquelas linaxes antigas da Europa occidental que de algunha maneira están relacionadas con sereas. Xa o chorado etnógrafo portugués doctor Fernando de Castro Pires de Lima ocupouse deste asunto; e, no seu fermoso libro Adral, que agora mesmo chega aos escaparates das librerías, o profesor Filgueira Valverde dedícalle unha nota referente ás linaxes galegas.
Por certo, que a todo curioso leitor galego recoméndolle a leitura deste libro, no que hai tanta noticia dos días pasados e tanta novidade galiciana fruto do saber do grande mestre pontevedrés.
Volvendo ao tema. Resulta que na Normandía hai tres linaxes que se precian de descender de sereas, outros tres en Bélxica e Holanda, un en Dinamarca, dous en Escocia e catro en Irlanda. Non figura na lista a linaxe galega dos Mariño, apelido que levaba en segundo lugar o meu avó paterno, don Carlos Cunqueiro e Mariño de Lobeira.
Mariños, Padín, Goyanes, din descender dunha serea. O que non sabemos é se da mesma serea, nin cal foi o suceso que deu orixe á lenda; que tivo necesariamente que habelo. Supoñamos un naufraxo á altura de Sálvora, ou da illa de Ons, e que se salva del unha fermosa dama de dourado cabelo, que canta con docísima voz, e que se casa cun fidalgo do país, e ten descendencia. As xentes tomaríana, á bela señora, coma a serea da mar. E destas vodas viría o poñer, a familia fidalga galega, no seu escudo, a unha serea sobre tres augas azuis.
Os Padín din que a serea da que descenden, e teñen cartas executivas aprobadas na Real Cancillería de Valladolid, tivo amores nada menos que con don Roldán, marqués de Bretaña, o amigo de Carlomagno morto na roita de Roncesvalles. Destes amores quedou encinta a serea ―o seu nome non nos chegou―, e cando lle veu a hora de dar a luz, atopouse perto dunha praia galega, sen dúbida que nas Rías Baixas e aínda máis concretamente na de Arousa. Deu a luz un fermoso neno ao que, por ser fillo de don Roldán, puxéronlle no bautismo Palatinus, de donde, por corrupción, ven Padín. E deste doncel descenden todolos Padín que en Galicia foron.
A historia estará sempre incompleta porque nunca sabremos quen recolleu e criou a Palatinus, a quen llo deixou a serea. Palatinus, ao parecer, naceu sen rastro algún no seu corpo da linaxe materna, sen cola coma as sereas, sen escamas, e en ningún dos seus descendentes, que se saiba, houbo salto atrás e saiu unha nova serea.
De Palatinus descenden igualmente, ao parecer, os Mariño e os Goianes. Aínda que ben puidera ser que outros galegos tiveran amores coas sereas que nos rondaban, que rondaban as praias nosas nos luscofuscos do verán. Porque parece probado que é no tempo do verán e á caída da tarde cando máis e mellor canta a serea, e que é difícil ouvila matinal, salvo na mañá de san Xoan.
Coa miña afición a poñer por teatro, por autos e por misterios os sucesos prodixiosos, poido imaxinar que a praia donde deu a luz a serea foi a d'A Lanzada, e o recén nado, depositado aos pés da Nosa Señora que alí ten antiga e famosa capela. Podemos imaxinar que a serea fose cristiana e que ao deixarlle o fillo seu á Virxe, se volvese ao mar cantando o Ave Maria Stella.
No estudo de Van Oestel dise que os descendentes holandeses dunha serea tiñan no lombo dereito unha mancha escamosa, e isto durante varias xeracións. Dunha linaxe irlandesa con ascendencia serénida dise que, ao chegar a hora de morrer, as mulleres que tiñan mala voz e se cadra nunca cantaron ao longo da sua vida, agora, no final, púñanse a cantar en estraña lingua cancións doentes que turbaban e facían chorar aos que as escoitaban e, nalgúns casos, nalgún deudo seu, chegaban á loucura.
Como enxendran e como daban a luz as sereas non o sabemos. Quenes máis souberon de sereas foron os canónigos da catedral de Ruan, en Normandía, que intentaban incluso o cobrarlles imposto a estas señoras. E se morría afogado un mozo na desembocadura do Sena, botábanlles a culpa e as citaban para que remontasen o río e se presentasen na Porta Matilde, onde foran xulgadas e condenadas.
O que se sabe das sereas é que non teñen embigo e que se lles coñece a idade nos dentes, que cos anos se lles van poñendo azuis. As sereas poden vivir até trescentos anos, e viven en anarquía, na mar. E que é certo que ademáis de ser encantadoras e de conquistar aos homes coa súa beleza e coa dozura estraña do seu canto, que escoitalo é coma drogarse, é verdade que posúen grandes tesouros agachados que regalan aos fillos que teñen. Así, o Palatinus dos nosos areais recibiu da súa nai, a amante de don Roldán, un grande tesouro e alfaias a bandeo.
En fin, o pai Feixoo non cría nas sereas, mais por outra banda cría nos tritóns, aínda que a súa voz, decía, non fora escoitada modernamente.
Eu confeso que morrerei un pouco frustrado por non ter escoitado nunca cantar á sireniña do mar.
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8Biografía de A. Cunqueiro en cervantes.es